lunes, septiembre 26, 2011

Ser comunista

Apartes de una columna escrita en 2006, cuando el entonces presidente pretendía descalificar a sus críticos tildándolos de comunistas disfrazados.
Si ser comunista es no aceptar el argumento de que los crímenes atroces de los paramilitares son delitos políticos, entonces yo de una vez me acojo a esa doctrina y me declaro comunista.

Si el hecho de reclamarle al presidente que aclare (y asuma) las responsabilidades que le pueden caber por los nexos del DAS con los grupos paramilitares lo convierte a uno en comunista, me le apunto: soy comunista.

Si considerar que el gobierno no debería usar el servicio exterior para devolver favores políticos es una conducta comunista, entonces listo: soy comunista.

Si por reclamar que el denominado proceso de paz con los paras se haga de cara al país y no de espaldas como hasta ahora ha sucedido, uno clasifica en esa nueva definición de comunismo, entonces me declaro comunista.

Si es una consigna comunista el hecho de exigir que la actuación del Estado y de sus fuerzas armadas se ciñan a las normas del Derecho Internacional Humanitario, entonces debo admitir que soy comunista.

Si uno debe ser etiquetado como comunista por el hecho de criticar la forma descarada como el presidente le dio una voltereta a la Constitución para hacerse reelegir, entonces le debo agradecer al doctor Uribe por hacerme caer en cuenta de que soy un comunista.

Si es un grave síntoma de comunismo considerar que la implantación de microchips en el cuerpo de las personas es una idea con tinte fascista, no hay nada que hacer: me volví comunista.

En fin, si por estar en desacuerdo con un gobierno que miente, que manipula la información y que no ha sido tan transparente como lo pregona, uno debe ser señalado como comunista, entonces me complace informarle a ese mismo gobierno que soy comunista. Y sin disfraz.

miércoles, septiembre 21, 2011

Aterrice, Vice

Desde hace ya varios años, pese a la pregonada bonanza económica que supuestamente vivió el país en la era Uribe, Colombia se encuentra entre los países más inequitativos del mundo y es uno de los más desiguales del Continente, superado solamente por Haití. Ya en ocasiones pasadas nos hemos referido a ese tema en este espacio, recordando cómo países como Bolivia, Nicaragua o El Salvador tienen índices de desigualdad menos peores que los nuestros.

Esas vergonzosas cifras han sido el combustible que sirvió para alimentar el descontento que sembró el vicepresidente Angelino Garzón cuando resolvió invitar a los técnicos de la economía a hacer mercado en Corabastos con 190,000 pesos, que supuestamente es la suma que necesitaría cada mes un colombiano para dejar de ser catalogado como pobre.

Sin lugar a dudas esa fue una gran metida de pata (otra) del VP, porque en los asuntos de la economía se manejan unos términos y unas cifras que vistas fuera de contexto dan para muchas discusiones inanes, que en muchos casos pueden volverse peligrosas. Garzón se agarró de un dato calculado por expertos para agitar un discurso demagógico (y quizás electorero) que no sirvió para resolver absolutamente nada y que en cambio despertó una oleada de protestas de personas que, al igual que el alto funcionario, no entienden cómo funcionan las ciencias económicas.

Angelino es bueno como populista
y pésimo como economista.

Grosso modo, vale la pena anotar que los estándares internacionales, particularmente los del Banco Mundial, sitúan en la línea de pobreza a quienes subsisten con menos de 2 dólares al día, cifra que es incluso inferior a los manidos $190,000 gracias a los cuales Angelino quiso erigirse en defensor de los descamisados de este país, en un gesto que tiene más de populismo que de aporte real a la solución del grave problema de inequidad que afecta a nuestra sociedad.

Aunque es innegable que dicha suma no se compadece con las necesidades del grueso de la población más vulnerable, es preciso tener en cuenta que ese dato no funciona aislado, sino que se relaciona con otras variables económicas y, por lo tanto, no puede tomarse separado para usarlo como argumento para empezar a reclamar justicia social. Con ese mismo criterio se podría caer en el error de denunciar el bajo monto del salario mínimo, arguyendo que en Estados Unidos, por ejemplo, un obrero gana en una semana lo que uno colombiano gana en un mes. La economía es una ciencia muy compleja y los altos funcionarios del Estado no pueden salir a decir lo primero que se les viene a la cabeza, sin que sus declaraciones causen hondas repercusiones, tal y como se vio en los días pasados tras las desafortunadas opiniones del VP.

Angelino Garzón puede tener las mismas inquietudes, sensibilidades y preocupaciones que cualquier colombiano de a pie, pero no es cualquier colombiano de a pie.

Advertencia mafiosa


“Mire, doctor López, usted me puede decir a mí narcotraficante, no hay problema; me puede decir asesino, no hay problema; pero usted no me puede decir a mí esmeraldero. Esa es una etapa superada, yo estoy en negocios mucho más grandes. Así que le advierto, doctor López, yo entiendo su negocio, pero usted también entienda el mío; y a mí no me llame esmeraldero”.
—Advertencia que le hizo el narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha –El Mexicano– a Felipe López Caballero, propietario de la revista Semana.
[Fragmento del libro Una semana de quince años]. 

jueves, septiembre 15, 2011

Prólogo a Castaño

En 2001, el periodista Mauricio Aranguren publicó –bajo el título Mi confesión– las memorias de Carlos Castaño, cabecilla de los escuadrones de la muerte conocidos como las Autodefensas Unidas de Colombia. Salud Hernández–Mora estuvo a cargo del prólogo, que concluía así:
“De esta guerra sucia, injustificable, son responsables muchos más colombianos que los 25.000 combatientes ilegales que la libran. Carlos Castaño puede ser Satanás, pero con otro Estado y otros dirigentes, con una sociedad justa de sólidos valores, sin una guerrilla que hace años dejó de ser revolucionaria, y sin una legión de verdugos a la sombra peores que él, jamás hubiera llegado a formar las AUC con la fuerza y el poder que tienen en la actualidad”.
—Salud Hernández–Mora

miércoles, septiembre 07, 2011

¿Cuáles colegas?

A la sombra de un mal interpretado espíritu de solidaridad, muchos medios y periodistas callan ante cuestionables conductas de colegas que entran en sospechosa cercanía o directa complicidad con delincuentes, llámense mafiosos, guerrilleros, estafadores, paramilitares, etcétera. Ejemplo de esto es el caso de Ernesto Yamhure, puesto en evidencia por Claudia Julieta Duque, quien reveló que el ex columnista consultaba hace una década el contenido de sus artículos con el entonces líder de las Autodefensas Unidas de Colombia, Carlos Castaño, antes de publicarlos en El Espectador. Aunque varios medios, como La FM, de RCN, y Caracol Radio, reseñaron dicha información, otros (como El Colombiano y El Tiempo, que se autopromueven como catedrales del periodismo nacional) optaron por un sepulcral silencio noticioso y editorial.

La información sobre Yamhure (y otras personas) está en una memoria USB de Carlos Castaño que el desmovilizado paramilitar Hebert Veloza, alias HH, le entregó hace tres años a la Fiscalía, donde yace prácticamente abandonada, y cuyo contenido, al parecer, ha estado circulando hace tiempo por varios medios, sin que nadie se hubiera decidido a divulgarlo.

Los datos publicados fueron tan contundentes que, en cuestión de horas, el señor Yamhure se vio obligado a renunciar a su columna en El Espectador y a abandonar sus espacios radiales en Caracol Radio y en Radio Súper, donde compartía micrófonos con el fogoso ex ministro Fernando Londoño Hoyos, quien lo despidió casi en medio de sollozos y exigiendo que se aclarara cómo había sido obtenida la información de la USB. No deja de ser paradójico que alguien que le debe tantas explicaciones a la justicia y a la sociedad sobre el oscuro caso de las acciones de Invercolsa se atreva a plantear semejantes desafíos.

Cuando un periodista se vuelve cómplice de delincuentes,
deja de ser colega nuestro y se convierte en colega de ellos.


Otros opinadores, con el propósito de contextualizar (¿o matizar?) las denuncias sobre Yamhure y los llamados paracolumnistas, han querido replantear la discusión desempolvando los casos de periodistas amigos de la guerrilla, que también los hay; sin duda. Pero ese es un argumento vacío, muy similar al que utilizaban dirigentes del Polo para referirse al carrusel de la contratación: decían que la corrupción no se la inventaron ellos y que en los demás partidos también había manzanas podridas; como si eso los eximiera de culpa.

Es cierto que periodistas inescrupulosos ha habido siempre, pero el tema ahora es muy puntual y delicado; no podemos reaccionar con evasivas ni falsas solidaridades que sólo sirven para minar nuestra credibilidad. Es lamentable que, salvo contadas excepciones, las directivas de medios, los líderes de agremiaciones periodísticas y los decanos y docentes de las facultades, estén pasando de agache.

Es nuestra obligación sanear las prácticas periodísticas y un buen comienzo sería olvidar ese espíritu de cuerpo que tanto criticamos en otras instancias, pues cuando un periodista establece relaciones non sanctas con delincuentes, deja de ser colega nuestro y se convierte en colega de ellos.