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jueves, enero 28, 2010
Una locura de 50 ediciones
La historia de Un Pasquín se comenzó a escribir el 10 de diciembre de 2005, en vísperas de la primera reelección, cuando comentábamos con dos colegas el hastío que nos producía el tono unanimista de los medios del país. Parecía que los periódicos, las emisoras y los canales de televisión se hubieran puesto de acuerdo no sólo para cubrir la información desde un mismo ángulo, sino también para opinar en un mismo sentido.Aquella tertulia de amigos, un sábado decembrino, que se diluyó entre tinto y descontento, derivó en un plan que parecía una absoluta locura: crear un periódico. Sin perder tiempo, comencé a pensar en posibles colaboradores, en el formato, la cantidad de páginas, la calidad del papel, etcétera. La mañana siguiente, ya tenía resueltas tres cuestiones básicas. La primera, el nombre: decidí que el periódico se iba a llamar Un Pasquín; pues de esa manera les salía al paso a los unanimistas que, de todas formas, iban a usar ese remoquete para tratar de ningunearlo. La segunda, que aunque quería hacer un periódico ‘políticamente incorrecto’, no tenía el menor interés en ponerle un tono mamerto ni resentido. Y la tercera, que sería un periódico gratuito en el sentido más amplio del término: no se les cobraría a los lectores y no se les pagaría a los colaboradores.
Con esas premisas, llamé a un puñado de amigos y conocidos para invitarlos a participar en el proyecto: todos aceptaron la convocatoria y abrazaron la idea con entusiasmo. Después de cotizar el costo de impresión concluí que podía financiarla con mis propios recursos; no porque yo fuera un magnate, como cualquier Uribe Vegalara o López Caballero, sino porque hoy por hoy hacer un periódico es mucho más barato de lo que la gente podría suponer. En especial si los colaboradores trabajan ‘ad honorem’.
Sin perder un minuto me puse a diseñar el logo, trazar los bocetos iniciales y diagramar los primeros artículos, en prolongadas jornadas de trabajo, mientras a mi alrededor casi todo el mundo se sumergía en las celebraciones navideñas. El primer resultado de todo ese esfuerzo se vio el 22 de diciembre de 2005, cuando salió de la rotativa de El Nuevo Siglo la Edición Cero, de 12 páginas en blanco y negro, con un diseño retro y una nómina de colaboradores que muchos medios envidiarían, sobre todo tratándose de un periódico independiente, hecho con las uñas. En enero de 2006, apareció el número uno, que fue el punto de partida de las cincuenta ediciones que acabamos de completar.
Cuatro años después, al ver que las motivaciones que inspiraron aquel disparate inicial siguen prácticamente intactas, parece que no hubiéramos avanzado un milímetro. Sin embargo, el deterioro de la institucionalidad sumado a los numerosos crímenes y escándalos propiciados por el gobierno de la seguridad democrática, han puesto en más de una ocasión la razón de nuestro lado. Finalmente no estábamos tan locos.
jueves, enero 21, 2010
Un 20 de enero
El 20 de enero está grabado en mi memoria por una razón muy particular, que nada tiene que ver con las fiestas de Sincelejo, ni con la tragedia ocurrida en las corralejas de 1980. Esta fecha se convirtió en un día muy especial para mí desde 1970, cuando mi padrino, Eduardo Alzate, me matriculó en la Escuela Simón Bolívar, en Armenia, Quindío. Tenía yo seis años recién cumplidos.
El ingreso a primero de primaria fue el inicio de un periplo de once años por la educación pública y cuatro establecimientos educativos, que me dejó grandes enseñanzas. Al concluir la primaria, en la escuela Enrique Olaya Herrera, un examen de admisión me dio acceso al INEM José Celestino Mutis. El proyecto INEM (Instituto Nacional de Educación Media Diversificada) fue producto de un ambicioso plan educativo del gobierno nacional y fue inaugurado en 1970 por el presidente Carlos Lleras Restrepo, con la apertura del INEM Francisco de Paula Santander, en Ciudad Kennedy.
Los INEM ofrecían educación de altísima calidad, con profesores muy calificados, en instalaciones de primera clase. En los dos primeros años de bachillerato todos los inemitas recibíamos la misma educación, pero con algunas asignaturas rotativas que cada bimestre cambiaban para darle a uno un panorama muy completo de las posibilidades que el colegio ofrecía.
A finales de 1976 me mudé a Bogotá, a Chapinero más exactamente, pero como en el vecindario no había ningún colegio cuyo pénsum coincidiera con el del INEM, tuve que continuar mi secundaria en el INEM de Kennedy; así que todos los días tenía que atravesar la urbe en bus, en un recorrido de más de una hora que se iniciaba antes del amanecer. A mi corta edad ese largo trayecto me permitía apreciar sin ninguna prevención y con mucha curiosidad todas las facetas de la gran ciudad.
Al entrar a octavo grado uno debía escoger entre cuatro opciones de bachillerato, y al ingresar a décimo había que seleccionar una modalidad. Yo opté por el bachillerato clásico y luego elegí Humanidades, de manera que teníamos énfasis en filosofía, psicología, sociología, economía, taller literario, historia, inglés y alemán o francés. La enseñanza de los idiomas era increíble: había laboratorios con cabinas individuales, grabadoras, proyectores, etcétera. Las clases de alemán las impartían profesores alemanes, gracias a un convenio con el Goethe Institut.
También teníamos una gran biblioteca, laboratorios muy bien dotados, para las clases de biología, química y física; y un coliseo y unos campos deportivos inigualables, de los cuales poco disfruté porque el ejercicio no era lo mío.
En el INEM hice mis primeros pinitos como caricaturista y pude desfogar mi afición por Alemania. Allí también recibimos clases del fallecido Gerardo Arellano y aprendí a leer y a analizar columnas periodísticas, gracias a las enseñanzas de Álvaro Mutis, homónimo del creador del gaviero.
Gracias al INEM sé que en países como el nuestro la buena educación pública también es posible.
jueves, enero 14, 2010
Dos conceptos
La actual coyuntura sería muy apropiada para hablar del concepto del Procurador General sobre el referendo reeleccionista. Pero en vista de que el doctor Ordóñez no deja espacio para las sorpresas, nos quedamos sin tema. Me explico: lo que pasó era lo que todos nos temíamos; la noticia habría sido que el jefe del tal Ministerio Público se pronunciara contra el referendo.
Pero la verdad es que me alegra ese espaldarazo que recibió el presidente. Así como me pondré feliz cuando la Corte Constitucional le dé también el visto bueno a la segunda reelección y cuando el constituyente primate respalde con una masiva votación el sí, para que Uribe sea candidato con todos los formalismos del caso. Y espero que en mayo el primer chalán de la nación gane nuevamente en la primera vuelta. O en media. ¿O es que alguien duda de que si Uribe se presenta vuelve y gana sobrado? A mí me parecería buenísimo que Uribe siguiera de presidente otros 4 ó 40 años: para que se consuma en su propia ignominia.
Y que no vengan con cuentos aquellos furibistas que dicen adorar a Uribe pero que supuestamente no están de acuerdo con una nueva reelección. Me muero de la R. Ya los quisiera ver en vísperas de elecciones si, por decir algo, Petro estuviera disparado en las encuestas. ¿Por quién votarían todos ellos? La respuesta es obvia: ¡por Uribe!
Pero, bueno, volviendo a la Procuraduría, lo que sí causó sorpresa fue la caída de la licitación del tercer canal, luego del concepto negativo emitido por la doctora María Eugenia Carreño (cariñosamente conocida como La Monjita y que según mis fuentes es una abogada de armas tomar) y que fue acogido a regañadientes por la Comisión de Televisión. En contraste con lo del referendo, la caída de esa licitación sí fue noticia. A tal punto que en la páginas de El Tiempo corren y corren chorros de tinta (y de babas) rechazando la revocatoria.
No me voy a referir a las declaraciones de Francesc Solé, quien como cabeza de Planeta en Colombia (y de El Tiempo, claro), ha tenido que salir a defender los intereses de su empresa; pero sí voy a comentar brevemente la dolida columna de Mauricio Vargas, quien el lunes pasado decía que “según lo confirman todas las encuestas, una amplia mayoría de colombianos quiere otra opción de televisión”. Y aunque tiene toda la razón, eso no significa que esa otra opción tenga que ser necesariamente Planeta. ¿Para qué? ¿Para que nos siga desinformando como lo hace con El Tiempo? No, gracias.
También se queja Vargas de que los canales Caracol y RCN están felices ganando plata y celebrando que no tienen más competencia. ¿Y qué querían? ¿Que se pusieran a llorar en solidaridad con Planeta? ¿Será que el señor Lara participó en la licitación con la idea montar un canal comunitario, sin ánimo de lucro? ¡No fregués…!
jueves, enero 07, 2010
Cábalas editoriales
Siguiendo el ejemplo de eminentes columnistas, he decidido hacer mi propia lista de predicciones para este año. Sin embargo, por tratarse de un artículo que se publica una semana después de iniciado este 2010, y en vista de que se han agotado casi todas las posibilidades temáticas, me voy a referir al destino de algunos de esos colegas que iluminan las páginas editoriales de la prensa nacional.
Para no hacerme eco de esos apátridas que permanentemente están envenenando a los lectores con sus artículos inicuos (como Antonio Caballero, María Jimena Duzán, Daniel Coronell, Óscar Collazos, Alfredo Molano o Ramiro Bejarano), voy a hablar únicamente de algunos que merecen respeto y atención, y cuyos escritos deberían ser el derrotero de cualquier país que se considere democrático.
José Obdulio Gaviria. Al explicarnos la actualidad en su verdadera dimensión, el doctor José Obdulio ha convertido sus escritos en un llamado permanente a la serenidad y la reflexión, características que, como todos sabemos, han distinguido al gobierno del doctor Álvaro Uribe. Estoy seguro de que con su lenguaje didáctico, sencillo y sin dobleces, el doctor José Obdulio continuará orientando con sus enseñanzas a los colombianos pensantes, que sabemos que la única forma de sacar al país adelante depende de la continuidad de la seguridad democrática, gracias a la cual valores como la moral, la transparencia y la honestidad son una realidad en la Colombia de hoy.
María Isabel Rueda. La claridad y la lucidez con las cuales esta columnista desmenuza el acontecer nacional son como una corriente de aire fresco en medio de la contaminación que ha invadido las páginas de opinión del diario más importante del país. Como si fuera poco, sus sesudos análisis matinales en La W cautivan a una audiencia que hora tras hora pega la oreja al radio para saber qué se estará preguntando María Isabel. No hay duda de que a lo largo de 2010 esta alumna aventajada de Margaret Thatcher seguirá siendo uno de los símbolos de la opinión equilibrada, independiente, humilde y altruista que tanto necesita nuestra sociedad.
Alfredo Rangel. Este simpático analista es el epítome de la imparcialidad, la objetividad, la valentía y la independencia que deberían caracterizar a cualquier columnista. Su vasto dominio de los asuntos de seguridad nacional, combinado con la amenidad de su pluma, seguirá siendo un oasis para todos los patriotas, que cada semana buscamos sus escritos como fuente de agua pura, para saciar nuestra sed de conocimientos y alimentar la conciencia.
Ernesto Yamhure. Este reputado columnista nos seguirá orientando en materia de respeto a los derechos humanos. En medio del odio que respiran sus compañeros de páginas en un periódico casi subversivo, el doctor Yamhure brilla por la sensatez con que aborda los más diversos temas de interés nacional.
Nota: La falta de espacio impide mencionar a otros que merecerían aparecer en esta lista, como Rafael Guarín, Fernando Londoño, Mauricio Vargas o Enrique Santos. Mil disculpas.
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